30 noviembre, 2020

Primicias de la política, empresariales y de la farándula

Crónica # 43 del maestro Gardeazabal: Con colada de arroz

@eljodario

Cuando yo nací en el Hospital San Antonio de Tuluá, rechacé la leche que me trató de dar mi madre. Mamada que pegaba y chorro de vómito que se venía. Como no era aconsejable darle leche de vaca a los recién nacidos por más que estuviese hervida a tres fuegos y no existía en el mercado todavía la Pelargón, que fabricaría en su inolvidable tarrito rojo la Nestlé en Bugalagrande, el asunto debió ser difícil.

Apenas acababa de terminar la segunda guerra mundial y el abuelo Marcial, el librero de mi pueblo que leía todo lo que estaba a su alcance, se había enterado que a los quemados en Hiroshima y Nagasaky con las bombas atómicas que los gringos hicieron estallar no solo les untaban, sino que les daban colada de arroz.

Para sacarlos del trance. Transcurridas 24 horas de mi vomitadera el médico Peláez Ochoa, que desde entonces sería el médico de la familia hasta su muerte, aceptó la sugerencia del abuelo y mandaron preparar colada de arroz para evitar que mi madre insistiera en darme teta. Independiente de la frustración que debí haberle causado a ella lo cierto es que hoy puedo estar, 75 años después, haciéndome oír y leer porque la tal colada de arroz me salvó. No supieron entonces que esas 24 horas de intentos maternos pudieron crearme anticuerpos que me estorbarían toda la vida. Tampoco averiguaría más cuando dizque los descubrieron con métodos prehistóricos en un hospital de Vermont donde fui a parar siendo estudiante de St.Michael College. Mas bien he preferido imaginarme todas las características arroceras que pude haber heredado por semejante alimentación y las bondades con que me dotó la vida para resistir tanto garrotazo que he recibido por pensar en voz alta y no bajar la cerviz ante nadie. Pero como mi padre sembraba arroz y por aquél entonces cultivar ese grano era rentable, tuvo con qué pagarnos los estudios fuera de la parroquia y llegué a estudiar cómodamente en universidades de prestigio, pese a haber sido bachiller de un colegio provinciano en donde no había ni siquiera biblioteca. Y tal vez porque nunca he dejado de preferir un plato de arroz a cualquiera otro de los muchos que los médicos me han prohibido, mañana, cuando alce la copa para brindar agradecido, 75 años después, por el abuelo y su colada de arroz, creeré en mi imaginación de novelista que estaré rodeado, en gran algarabía, de los amigos que la pandemia no me deja reunir para decirles, una vez más, mil gracias por ayudarme a vivir.

Escuche al maestro Gustavo Alvarez Gardeazábal.