@eljodario
Siempre oà de niño en mi casa y en la de mi abuela, donde seguramente lo habÃan aprendido de algún ancestro marinero, que para borrar cicatrices la concha nacar era bendita.
Mi gente, tan saltimbanquis e inquietos desde niños hasta adultos, tenÃan marcadas en su piel las faltas de tacto o los brincos equivocados con las cicatrices que entonces apenas si sanaban con artilugios cuando no existÃa la medicina plástica o estética que tanto ha avanzado, y tantos arreglos le ha conseguido a la humanidad agobiada o vanidosa. Y a muchos de ellos los vi untarse lo que podÃan sacarle a una concha nacar ablandada en limón desde la noche anterior.
Todo eso ha venido a la memoria porque he leÃdo que en el laboratorio de Xuange Zhao en el MIT de Boston llevan varios años trabajando con los percebes para sanar heridas y recordé que en alguna de las semanas que nos hacÃan pasar de niños en Cartagena para botar en el mar el capote de montañeros cachacos, una enfermera que trató a mi madre de una herida que no sanaba en su muy grueso tobillo, recogÃa las conchitas pequeñas que se pegaban de los cascos de los buques anclados en la bahÃa y con la baba que despedÃan encima de una gasa, mientras seguramente se deshidrataban, podÃan curar esas heridas que amenazaban volverse llagas.
Ahora vengo a saber que se llaman percebes y que los sabios del MIT les están usando para fabricar un linimento utilizando no solo la baba sino el adhesivo que tienen las microconchas en sus patas, con resultados maravillosos.
Asà ha avanzado siempre la medicina. Por eso cuando oigo o leo hablar de los helmÃnticos que utilizan en la India o en el Ancianato San Miguel de Cali para frenar el avance de la peste, me adhiero a la duda metódica, no tomo partido radical por quienes se burlan de esas medicinas o por quienes la admiran como la gran panacea.
Finalmente, quienes hacemos alguna forma de arte sabemos que la manera de ver, contar o pintar la realidad cambia con los mismos Ãmpetus de quienes buscan dizque evitarnos la muerte, pero recetan el sufrimiento con sus quimioterapias, explotando miserablemente las ganas de vivir que nos inculca el más remoto ancestro animal que llevamos en nuestro ADN.



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