@eljodario
En Afganistán han hecho todas las guerras que un pueblo puede imaginarse en la historia y todas las han perdido. Quizás porque fue allà donde los arqueólogos registran que hace 50 mil años se formaron las primeras comunidades organizadas de los seres humanos o porque es el curioso paÃs en donde cada tanto de tiempo siempre han sufrido el yugo de algún invasor y siempre los han derrotado, llámense macedonios herederos de Alejandro o rusos comunistas.
Por todo ello o por algún gen oculto en donde el duro clima, el hambre y la crueldad han campeado al unÃsono para enseñar a resistir al invasor, los afganos han visto pasar la historia con todas sus páginas y capÃtulos sin salir de su pobreza, que apenas sostiene la producción de heroÃna. Desde cuando el mongol Tamerlan, descendiente de Gengis Khan, arrasó al paÃs y le desbarató la prodigiosa red de acequias de reguÃo con las que podÃan cultivar las áridas tierras en Afganistán, y nunca pudieron reconstruirlas, han tenido la costumbre de considerar que las mujeres no son seres humanos sino simples cosas.
Con el triunfo de los talibanes sobre los rusos a finales del siglo pasado, ese denigrante trato a las mujeres se hizo público y ellas quedaron ante los ojos del mundo como las únicas mujeres en el siglo XX que no tenÃan acceso a los servicios sanitarios básicos, ni a recursos financieros y carecÃan de libertad para elegir pareja porque podrÃan ser condenadas por mirar otro hombre distinto a su marido o sus hijos. Al fin de cuentas la violación tampoco era considerada un delito punible. La llegada de los Estados Unidos y las tropas de la Otan restablecieron por los últimos 20 años el reconocimiento a la mujer, pero desde el mes entrante cuando salga el último soldado gringo y Estados Unidos y Occidente reconozcan, como en Vietnam hace medio siglo, que también perdieron otra guerra, el trato miserable a las mujeres reaparecerá. Los talibanes habrán vuelto entonces y aunque el terror sepulte a las hembras afganas, todavÃa no se ha escuchado a las gritonas feministas ni a las histéricas que lograron convertir el placer de la seducción en un delito, protestando o abofeteando al mundo entero para que ese miserable trato a las mujeres no se consolide.
No hay ONU ni Derechos Humanos ni #Me too, ni nada ni nadie, que impida que desde la primera semana de agosto las mujeres de Afganistán vuelvan a ser consideradas  otra vez como simples cosas, no como seres humanos respetables.



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