10 mayo, 2021

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

Contracorriente: Una lectura a la actual efervescencia social

Por Ramón Elejalde Arbeláez  

El pasado miércoles, no obstante, las presiones sociales, médicas, judiciales y gubernamentales, el pueblo colombiano se botó a la calle en forma considerable, para protestar por la situación social de Colombia, pero muy especialmente contra la reforma tributaria que el Gobierno le propuso al Congreso y que golpea fuertemente a la clase media y media baja. 

Los eventos del miércoles fueron masivos y se realizaron no solamente en las grandes y medianas ciudades, sino en pequeños poblados. Fue, a no dudarlo, una demostración de inconformidad y rechazo a la propuesta alcabalera. Lástima que un acto cívico nutrido terminara en episodios violentos causando estrago sobre bienes de ciudadanos, que, con esfuerzo y trabajo de muchos años, han construido un pequeño capital, a empresas que generan empleo y riqueza. El vandalismo, practicado por unos pocos, deslegitima la protesta, el vandalismo les otorga argumentos a los enemigos de la protesta.  

Después de rechazar enérgicamente los actos atroces, quiero concentrarme en el mensaje que envía la protesta y que parece el Gobierno no quiere leer correctamente. 

Entre la población colombiana, en una reconocida mayoría, manifestada no solamente en las marchas, sino en el sonoro cacerolazo del mismo miércoles anterior por la noche y en las encuestas de favorabilidad del presidente de la República, mostró su rechazo a la reforma tributaria, su inconformidad con el Gobierno y su decepción con la que está sucediendo. Llamativo ver sonar cacerolas fuertemente en barrios de clase alta, muy afectos al jefe del partido de Gobierno. En el rostro de los manifestantes también se percibía la rabia, la desesperanza, la angustia, la incredulidad. Esas expresiones tan visibles, parece que no las leyeron ni el presidente, ni sus ministros, quienes peligrosamente parecen encerrados en una burbuja que los lambe-sacos les tienden para poderlos acaparar y no dejarlos auscultar la realidad nacional. 

Este brote de inconformidad lo pudo contener el Gobierno retirando el proyecto de ley de la tributaria y convocando a un gran acuerdo nacional a todas las fuerzas vivas, tomando con este acto el liderazgo que en lo que va de ejercicio del poder, no ha podido demostrar. Era muy poco para impedir que el descontento siguiera creciendo y regándose por todos los sectores de la población. A veces el gobernante se tiene que revestir de humildad para crecerse en la adversidad. 

El Gobierno tiene que entender que hay una explosiva situación social. La pandemia ha incrementado el desempleo, el desempleo aumentó la pobreza, como que ésta ya llega a un 42.5 %, es decir, que un poco más de tres millones de colombianos pasaron de ser clase media a pobres. Un total de veintiún millones de pobres es una cantidad exagerada y de encima decirles a ellos que tienen que hacer un nuevo e imposible esfuerzo fiscal, es un despropósito de marca mayor, mensaje que también llega con estupor a quienes quedaron en fila para descender a niveles de pobreza y al resto de clase media, que ve cómo se les cerca y esquilma con impuestos. 

Duele ver jóvenes sin esperanza, desfilar. Agobia mirar ancianos, de caminar cansino, protestar. Angustia ver madres, con sus hijos en los brazos, reclamar ante el atropello. Apesadumbra ver a la clase media otear un horizonte sin ilusiones. Pero también enerva un Gobierno prepotente, lejano e insensible a la realidad nacional. 

¿Será que algún día tendremos un momento de lucidez y de sentido común? 

NOTÍCULA. La muerte de William González Sánchez, paisano y amigo, me duele y le duele a mi familia. Se los describo a mis lectores en dos palabras: Noble y leal. Paz en su tumba y resignación a su familia.