20 junio, 2021

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

Contracorriente: El mundo está estupefacto

Por Ramón Elejalde Arbeláez 

Las nutridas marchas de protesta que en los últimos días se han producido en Colombia, la inmensa mayoría de ellas llenas de música y alegría, también se han visto perturbadas por una inusitada violencia y vandalismo de algunos jóvenes, pero también por una excesiva reacción de fuerza por parte de la Policía Nacional y por un pequeño grupo de civiles armados que han arremetido sin discriminación alguna contra los marchantes. 

Por formación y por principios soy un defensor de la institucionalidad y el Estado de Derecho. No concibo un abogado anarquista o añorando dictaduras. Mi profesión es factible dentro de la legalidad. Frente a la fuerza pública he admirado y valorado sus ejecutorias en bien de la democracia y el respeto por las normas jurídicas, pero en ocasiones también he señalado desvíos que algunos de sus miembros han tenido y lo he hecho con valor, sinceridad y argumentos. Soy un liberal, socialdemócrata, que defiende los postulados de esta corriente del pensamiento, con estricto apego a la legalidad. Hago estas precisiones por lo que aquí escribo. 

El vandalismo de quienes marchan, deslegitiman la protesta y les dan argumentos a quienes se oponen a este derecho ciudadano. El saqueo y la destrucción acaban fuentes de trabajo, empobrecen y crea desolación. Pero una fuerza pública disparando e irrumpiendo en las manifestaciones con inusitada fuerza y violencia, en ocasiones usando tanquetas con lanzadores en forma indiscriminada contra los manifestantes, es algo que hasta Human Rights para las Américas ha denunciado. Este comportamiento también deslegitima al Estado y lo convierte en un vándalo más, cuando está es instituido para preservar la convivencia ciudadana. Las fuerzas del Estado no se pueden equiparar a los delincuentes, no pueden actuar como lo hacen ellos. Es la legalidad la que ellos representan.  

Hoy somos señalados por el mundo entero como un país donde los derechos de las personas no se respetan y son conculcados violentamente. Parlamentarios alemanes, de la comunidad europea, congresistas gringos y algunos gobiernos como el Argentino, ya le han pedido a las autoridades colombianas respeto por los que disienten. Ya colonizamos la primera noticia en todos los medios del mundo y llevamos más de ocho días con ese poco edificante trofeo. El periódico El País de Madrid, editorializaba esta semana pidiendo que el Gobierno liderara un pacto de unidad nacional y acabara con la violencia policial. Amnistía Internacional “pidió poner fin a la represión de las manifestaciones” 

En nueve días de paro las refriegas han dejado treinta y siete muertes, más de cuatrocientas cincuenta personas heridas, entre ellas treinta y dos lesiones oculares (hoy blanco preferido de las fuerzas del orden), más de doscientas personas desaparecidas y más de mil detenidos. Un resultado poco enaltecedor para un Estado que se dice democrático y de derecho. 

Negar que las protestas son masivas o buscarles motivaciones distintas a las mismas, son otro despropósito del Gobierno y sus más cercanos. La gente está protestando porque existe hambre, desempleo, desesperanza, inequidad, falta de oportunidades, marginalidad. El cuento de que las marchas las promueven Cuba o Venezuela o que las impulsan el ELN y los disidentes de las Farc es una ingenua explicación que ya nadie se traga o sino que lo diga el representante a la Cámara gringo Jim Mc Govern. Si esas disculpas fueran serias deberíamos preocuparnos pues estamos en manos de la subversión o el descuadernado Venezuela nos pone “patas arriba” fácilmente y cuando lo desee. Esas mentiras se caen cuando uno observa impresionantes manifestaciones en las principales ciudades Norteamericanas y europeas de nacionales respaldando las movilizaciones en Colombia. 

Por respeto a la institucionalidad, en atención al Estado de Derecho y para preservar la legitimidad del poder, es indispensable ponerle fin a la violencia policial. Iván Duque debe cuidar su puesto en la historia, hoy bien maltrecho.