Por José Obdulio Gaviria (Foto)
En mi libro Magnicidios, que estará próximamente en librerías, hay un capítulo que narra la historia del medallón de Washington al que se refirió María Corina cuando entregó su medalla del Nobel al presidente Trump.
Estos son algunos apartes del capítulo correspondiente: “Una prueba del sentimiento de amistad de Bolívar fue su insistente invitación a Estados Unidos al Congreso Anfictiónico de Panamá. Escribió a Santander: «Los Estados Unidos van a remitir un enviado al Istmo… Esto es bastante importante». Y a Revenga: «Me alegro que los Estados Unidos manden un enviado al Istmo, sea como fuese».
Bolívar era abundante en el elogio. En el Discurso de Angostura (1819) dijo del sistema federal estadounidense: «Es un prodigio que su modelo en el Norte de América subsista tan prósperamente… Aquel pueblo es un modelo singular de virtudes políticas y de ilustración moral; la libertad ha sido su cuna…». Y añadió: «¿Quién puede resistir al amor que inspira un gobierno inteligente que liga a un mismo tiempo los derechos particulares a los derechos generales…?».
Y en la Constitución para Bolivia propuso copiar la práctica norteamericana de elegir al secretario de Estado como sucesor natural del presidente «porque reúne la ventaja de poner a la cabeza de la administración un sujeto experimentado». Tenía como referencia y ejemplo a Washington.
Cuando le ofrecieron un tercer período presidencial, Bolívar respondió a Santander que prefería seguir su ejemplo: «El pueblo quiso nombrarlo nuevamente… ¡generosamente mostró el peligro aquel virtuoso general a sus conciudadanos de continuar indefinidamente el poder público en manos de un individuo! Tan grande, tan sublime lección, me dice lo que debo hacer».
En vida, Bolívar era un ídolo universal: el poeta Lord Byron bautizó su barco libertario (1821) con el nombre de Simón Bolívar; la familia de George Washington le envió reliquias personales a través de Lafayette, y Bolívar escribió emocionado: «Washington presentado por Lafayette… no hay palabras con qué explicar todo el valor que tiene en mi corazón este presente».
La reliquia a la que se refiere Bolívar fue el medallón con el retrato de George Washington que recibió en 1825. El obsequio lo encargó George Washington Parke Custis —hijo adoptivo de George Washington, fallecido en 1799— para honrar a Bolívar como el libertador de las repúblicas sudamericanas tras la victoria en Ayacucho. Los estadounidenses lo veían como el heredero espiritual de los ideales de libertad de Washington.
El hijo de Washington quiso enviarle un medallón ovalado con el retrato en miniatura de su padre, aprovechando que el marqués de Lafayette, héroe de la independencia estadounidense que luchó junto a Washington estaba en Estados Unidos (1825) y planeaba continuar viaje por Sudamérica.
Lafayette llegó a Colombia en septiembre de 1825, pero Bolívar aún se encontraba en Perú. Como no podía esperarlo ni viajar al sur (debía regresar a Europa), Lafayette entregó el medallón —junto con una carta suya, otra de Custis y un mechón de cabello de Washington— al diplomático y abogado José María Salazar, quien lo remitió al Libertador.
Lo recibió en Arequipa, Perú, el 25 de mayo de 1826. En carta a Lafayette del 20 de marzo de 1826, Bolívar manifestó su gratitud y describió el medallón como un «inestimable presente»: la imagen del «primer bienhechor del continente de Colón», entregada por «el héroe ciudadano General Lafayette» y ofrecida por «el noble vástago de esa familia inmortal» es la mayor recompensa imaginable para (mis) esfuerzos.
Bolívar llevó el medallón consigo casi siempre: lo usaba sobre el pecho en uniformes de gala para los actos públicos. Era su posesión más preciada, símbolo de la hermandad entre las luchas independentistas del norte y del sur del continente.
Hay abundante evidencia visual y documental de ese hecho: aparece en retratos, grabados y representaciones de la época. Incluso en esculturas y estatuas posteriores, como la ecuestre de Bolívar en Washington D.C. en la que se detalla el medallón colgando del cuello.
Hoy en día se exhibe en las colecciones del Banco Central de Venezuela (en Caracas), mientras que el mechón de cabello de Washington se conserva en el Museo Bolivariano de Caracas.
De manera pues que escribir que Bolívar admiró a Estados Unidos, a su pueblo y a sus instituciones no es un libelo proimperialista. Es, simplemente, restituir la verdad histórica, tan deformada por un tinglado propagandístico que no guarda cercanía alguna con ella”.



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