8 febrero, 2026

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

Arlequín suplicante

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Carlos Alberto Ospina

Por Carlos Alberto Ospina M. 

Hay una escena recurrente protagonizada por cierto personaje que se pone de rodillas en ciudad de Panamá y hace genuflexiones al ingresar a la Casa Blanca en Washington, DC. En ambas situaciones le dio culillo y quedó convencido que fue “inolvidable” en el ejercicio vergonzante de suplicar, porque prefiere la ilusión de la victoria a la aceptación de la derrota.

Cuando la capitulación se presenta como un proceso de construcción ideológica, nada es error ante la falta de rendición de cuentas verídicas debido a que la política se vuelve un ejercicio de retórica circular o de narrativas vacías.

¿Quién engaña a quién?, pues ambos se mienten. Así las cosas, el dirigente y su audiencia participan del mismo pacto táctico: fingir que las rodillas dobladas son una muestra de postura erguida. En ese teatro de lo absurdo, el objetivo consiste en aparentar que la súplica es negociación y la hegemonía ajena es una conquista propia. Por eso, la coherencia es un lujo prescindible.

Detrás de la reverencia existe una renuncia maquillada y una coreografía mediática. Un cálculo que en la política del espectáculo no gana quien gobierna, sino quien narra. En cualquier caso, ruega, pero con voz impostada de estadista, presentando el sometimiento a modo de sacrificio necesario en nombre de “principios superiores” que, dicho sea de paso, coinciden con su supervivencia.

“Hemos transformado la lucha”, dice en todos los tonos en calidad de pretendida pedagogía histórica y contoneo ideológico, ya que la clave del engaño está en la emoción y no, en el argumento. Tanto de ello, que pide comprensión, en vez de perdón; y ofrece relatos donde abundan las contradicciones y la falta de ética.

A lo sumo, no se partió el pecho por los colombianos, porque sabe a ciencia cierta que está en juego la visibilidad y la permanencia en el debate electoral. Entonces, la política deja de ser un espacio de confrontación de proyectos e ideas para convertirse en un concurso de adaptabilidad que renuncia a cambiar la realidad de la nación.

Este actor busca preservar la marca personal y potenciar su capital simbólico a fin de seguir siendo relevante, aunque no decide nada. El insulto a la inteligencia colectiva se basa en frases rebuscadas, gestos de fingida humildad y una mueca que no logra esconder la incomodidad de ponerse de rodillas. Por lo demás, será un arlequín suplicante.