EL ATRIO DE BABEL
Por Oscar Domínguez G.(Foto)
En la Iglesia de La Candelaria del Parque de Perrío, en pleno ombligo de Medellín (foto), todos los días es 2 de febrero, día de la Virgen de la Candelaria. En el tradicional sector la procesión no solo va por dentro: también por fuera. En el célebre atrio, a espaldas de la estatua del ex gobernador Pedro Justo Berrío, perpetuo mirón del metro, la vida se repite constantemente. Solo cambian el clima o la prisa de los transeúntes.
Los vendedores de ilusiones celestiales ofrecen a la feligresìa creyente novenas de santos, incluidos algunos que no aparecen en el santoral, pero que son igualmente milagrosos en el «imaginario colectivo» como dicen pomposamente los socialbacanos.
Arrasan en ventas la Novena de la Prosperidad, el padre Marianito, los Santos Àngeles, Marìa Auxiliadora y el Santo Ecce Homo. La novena de las ánimas atraviesa por una preocupante racha de vacas flacas. El Niño Dios anda de capa caída después de haber desalojado al Sagrado Corazón de Jesús del primer lugar de aceptación en la bolsa de valores de los creyentes.
Pordioseros sin estrés esperan sin desesperarse su ración de cristiana caridad. De pronto reciben migajas de buenos deseos con los cuales no quitan el hambre, ni pagan el arriendo. Se mantiene la pésima distribución de las riquezas por más gobiernos que “haiga”.
Que no falten raponeros o carteristas listos a alzarse con algo de valor: su familia también se enferma, come, va a la escuela para tratar de ascender en la escala social.
En esa babel de colonias que es La Candelaria, jubilados de todas las parroquias del departamento, se encuentran a la salida de los oficios religiosos, para tejer su propio croché de nostalgias, hacer inventarios de arrugas y pategallinas, adivinarse la edad, evocar su activismo liberal o conservador, hablar bien o mal del gobierno y enterarse tardíamente de la muerte de algún contemporáneo vecino de banca en la iglesia.
Si un autor desea saber si su libro pelechó, lo encontrará en una de las librerías «agáchese» del atrio o sus alrededores, debidamente pirateado en precarias ediciones pegadas con babas.
La vez que anduve por esos pagos, vi que «Sin tregua», del fallecido zipaquireño Germán Castro Caicedo, se agota a razón de diez mil pesos ejemplar. El prominente comprador tiene la opción de ejercer el sagrado derecho a barequiar, el certero verbo que invita a pedir rebaja, vicio que en Antioquia es un deporte.
«El cerebro y el mito del yo» en cuya redacción se quemó las pestañas el científico Llinás, está disponible en dieciocho mil pesos. El vendedor recuerda que en librería el libro vale 45 mil rúcanos, una arcaico sinónimo de dinero. Luego hace una primera rebaja y la obra queda en diez mil en el martillo callejero. Si no escucha ninguna propuesta, todavìa da un chance: «Ofrezca, mi don».
De vez en cuando, para cambiar de posición, los santos de las novenas se levantan para ver pasar los cuartos traseros de bellas a las que se les fue la mano en silicona. Luego regresan a su posición inicial, de cara al sol, con un pecado màs: haber pecado con las ganas.
Veo en el suelo una edición del catecismo del padre Astete. La morocha de pelo quieto que lo vende me pide tres mil pesos. Un segundo después lo ha rebajado a dos mil. Le pido perdón al pirateado padre Astete, le aclaro que ofreceré porque él no percibirá derechos de autor y solo entonces hago una oferta generosa: mil pesitos.
Furiosa, la morena vendedora me decreta el olvido y arroja al pobre padre Gaspar y su mercancía teológica encima de una colchón de estampas de santos que reciben, sin bronceado posible, su baño de sol meridiano. La dama calma la ira que le produjo mi revire con un cigarrillo que fuma bajo un parasol que en jornadas de lluvia se vuelve paraguas, su destino original.
Al lado izquierdo de la Iglesia, como quien va para Junín, hay todo un mercado persa de impresos. “Pregunte por lo que no vea”, es el estribillo más común. Las películas porno alborotan libidos en servicio activo. O dormido.
Un señor de corbata, con cara de testigo de Jehová, sonríe sin dientes para hacer quedar bien su mercancía. El hombre vende casetes para mejorar la autoestima que es algo así como la silicona del alma. En su equipo de sonido una voz que parece la ideal para anunciar el fin del mundo con anestesia, da recetas para hacer más soportable la vida. «Es la voz de Francisco Rambal», asegura el hombre que parece alimentarse de la carreta de sus casetes porque de ventas pocón.
Una hilera de vendedores de lotería y otras mentiras nada piadosas con números y series, se mueve alrededor de la sombra que proyecta un árbol que ha sobrevivido a los ecologicidios del centro medellinense.
De pronto irrumpen vendedores de hamacas de colores fuertes e hilos tan delgados que es imposible que aguanten más de un sueño y/o dos siestas.
Si no tiene celular, por doscientos pesos el minuto, un vendedor de tiempo lo sacará de su soledad urbana para ponerlo en contacto con alguien de sus entretelas.
Se oye un rumor cercano de serenata que cantan artistas en cuyas gargantas reencarna un desafinado Plácido Domínguez, perdón, Domingo. Un sombrero depositado en el suelo, con la boca abierta de par en par, espera la reciprocidad en monedas por su arte.
Un plastificador sin competencia visible suda la gota gorda mientras despacha clientes que le confían toda suerte de documentos de identidad que les permitirán demostrar ante las autoridades competentes, o no competentes, que existen, que no están pintados en la pared como se decía del viejo reloj del barrio de Loreto.
Rostros masculinos y femeninos reflejan la frustración por la cita de amor o de negocios que lleva retrasos de dos y tres horas. Como no hay otra cosa en la agenda, siguen esperando con la certeza de que los dejaron vestidos y alborotados.
En todo el ámbito del atrio se escuchan los padrenuestros, avemarías y glorias que se rezan en el interior de La Candelaria que se resignó a ser excatedral a regañadientes. Es como si al párroco lo degradaran a acólito.
Las palomas del sector parecen adiestradas para que se extroviertan
fisiológicamente sobre las cabezas de los tacaños a la hora de dar la ofrenda, de quienes compran libros piratas o escribimos largo… Mejor cuelgo la lira. Y felicito al elegido Julio César Rodas, mi amigo y escritor clandestino, nacido un día como hoy, y quien ha tenido una vida como para serie de Netflix.



Más historias
Crónica # 1285 del maestro Gardeazábal: Una paisa berraca
Liderazgo, Henry Kissinger
Vistazo a los hechos: las extravagancias de un dictadorzuelo