Por Sandra Milena Alvarado P.
En Colombia, declararse apolítico se ha convertido en una actitud extendida, casi de moda, como si ese alejamiento voluntario del ruido partidista y de la confrontación ideológica garantizara algún tipo de inmunidad frente a las decisiones del poder. Pero el ciudadano no puede suspender su condición política. Aun cuando no vote, o decida abstraerse de los debates públicos, su vida seguirá atravesada por leyes, decretos, reformas, presupuestos, subsidios o impuestos, que no elige, pero que lo afectan profundamente. La política es el territorio donde se negocia el poder y, por tanto, donde se define la suerte colectiva e individual. Renunciar a participar es entregarles a otros, sin contrapeso, el derecho a decidir sobre lo que uno come, trabaja, estudia o sueña.
Vivimos una etapa de transición política intensa, marcada por la fatiga en el debate, la incertidumbre institucional y el agotamiento emocional de muchos ciudadanos. El ciclo que se abrió en 2022 con el mandato del “cambio” no ha logrado consolidar una visión de país compartida, ni tampoco construir gobernabilidad efectiva. Lo que se ha tejido en su lugar es un clima de confrontación permanente, alimentado por una narrativa de exclusión y por un Congreso que, sólo en algunas ocasiones ha actuado como contrapeso racional, y ha sido, en muchos casos, escenario de transacciones, silencios tácticos y divisiones internas que lo han desdibujado frente a la ciudadanía.
En este contexto, el país se aproxima a una jornada crucial: las consultas interpartidistas. A pesar del desconocimiento que muchos tienen sobre su importancia, lo cierto es que en ellas se define mucho más que el candidato de una coalición. Se define, en primer lugar, la posibilidad de construir un bloque político sólido, capaz de llegar a la segunda vuelta con opciones reales. Pero, más importante aún, se configura el mapa de alianzas que dará o negará gobernabilidad a quien resulte electo. Las consultas son la primera gran prueba de realidad del proceso electoral, y sus resultados tienen efectos concretos no sólo en la opinión pública, sino en las decisiones de congresistas, empresarios, sectores sociales y medios de comunicación.
No será extraño que después del 8 de marzo muchas voluntades políticas cambien de dirección. Lo han hecho antes y volverán a hacerlo. En política, la adhesión no siempre se da por coincidencia ideológica, sino por cálculo. Hay parlamentarios que respaldarán al que muestre fuerza en las urnas, no al que mejor represente sus principios. Esta lógica cruda, pero real, obliga a entender que una consulta débil no es sólo un revés simbólico, sino una señal de fragilidad que puede desincentivar alianzas posteriores, erosionar la esperanza ciudadana y reducir el margen de maniobra frente al bloque de gobierno.
El problema, sin embargo, va más allá de los números. Es también psicológico. Cuando el electorado percibe que no hay alternativa, que “todo está decidido”, se instala una narrativa de resignación que conduce a la abstención o al voto por la supuesta opción segura, aunque no sea deseada. Esa es la trampa en la que no podemos volver a caer. El pesimismo inducido, amplificado por el rumor de que “ya ganaron”, produce un efecto de repliegue en los sectores que podrían construir una mayoría distinta.
Pero la construcción de una mayoría exige algo más que discurso. Exige una lectura precisa del país real, no del que circula en los ecos de redes sociales. Y ese país es más complejo, más silencioso, más emocional de lo que muchos estrategas políticos están dispuestos a admitir. Según recientes encuestas, casi la mitad de los colombianos no consume información política. No siguen las noticias, no analizan las reformas, no conocen los nombres de los congresistas. Su conexión con la realidad nacional se da a través de otros lenguajes: la cultura, el entretenimiento, la indignación intermitente o la nostalgia.
Desde ahí deciden. A veces por miedo, otras por rabia, otras simplemente porque alguien les ofreció un incentivo o les pintó una amenaza. Este grupo no es de izquierda ni de derecha, no es de centro ni de extremos, es un sector flotante que se activa o se retrae dependiendo del contexto, y cuyo peso puede definir una elección presidencial. Pensar que el centro político coincide con el centro sociológico es un error. Muchas veces el voto que se considera indeciso es, en realidad, un voto no ideológico, pero profundamente emocional.
A eso se suman dos fenómenos decisivos: el voto silencioso y el voto tardío. El primero responde al miedo a ser juzgado. El votante vergonzante, quien ha tomado una decisión, pero no la expresa. Se protege del señalamiento o la burla repitiendo lo que su entorno quiere oír. El segundo aparece en los últimos diez o quince días antes de la elección. Un porcentaje considerable del electorado decide su voto en esa recta final, influido por percepciones de viabilidad, por sensaciones colectivas o por hechos de última hora. Ambos fenómenos distorsionan la lectura de las encuestas, que no son una verdad anticipada, sino una fotografía limitada, con margen de error, encuadre selectivo y encargo implícito.
Mientras tanto, el Congreso sigue siendo la pieza olvidada del tablero. Y sin embargo, es allí donde se tramitó la reforma tributaria, donde se discutió la de la salud, donde se detuvo o impulsó cada agenda del gobierno. Pocas bancadas han actuado como oposición consistente. Los demás han tenido comportamientos erráticos, dependiendo del momento, del beneficio o del cálculo individual. En muchos casos, el sentido del voto no lo determina la ideología sino la oportunidad. Por eso es indispensable revisar con detenimiento qué ha hecho cada congresista, cómo ha votado, en qué debates ha participado, cuándo se ha abstenido. Y si es un candidato nuevo al congreso, indagar sobre su trayectoria, formación y conexión con la región. La lealtad partidista ya no es garantía de coherencia política.
Tampoco podemos ignorar los riesgos reales en el proceso electoral. Existen focos de vulnerabilidad en los puestos de votación, especialmente en zonas donde el control gubernamental es precario, la vigilancia escasa y la coacción posible. Más de seis millones de votos se concentran en 40 municipios con alto riesgo de interferencia. Allí, la presencia de testigos, jurados, veedores ciudadanos y observadores electorales no es sólo una formalidad, es una línea de defensa de la democracia.
Lo que está en juego no es menor. No se trata únicamente de elegir un presidente, se trata de garantizar gobernabilidad, de recomponer las instituciones, de volver a construir una noción de lo común que no se base en la exclusión del otro. La consulta es el primer paso. El Congreso, la columna vertebral. Y la participación informada, crítica, comprometida, el único antídoto contra la desilusión cínica que deja el camino libre a quienes no creen en el país, pero quieren gobernarlo.
Hay momentos en la historia donde no se puede ser espectador. Este es uno de ellos. La invitación es a ser jurado, ser testigo, acompañar a nuestros vecinos a votar, revisar un tarjetón con un joven. La democracia se protege así: con presencia. Y esto es ser político.


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