31 enero, 2026

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

El futuro del mundo del trabajo o el futuro sin trabajo

Haga Click

Image Map

Enrique Batista

Por Enrique E. Batista J., Ph. D. 

https://paideianueva.blogspot.com

El Fondo Monetario Internacional y otras organizaciones publican anualmente informes con predicciones sobre el futuro del trabajo. Debido a variados avances en el campo de las tecnologías digitales, para muchos su trabajo desaparecerá, creándoles un futuro incierto.

Es una disyuntiva que está presente hoy entre todos los humanos. Es preciso recordar que, desde el punto de vista cristiano, el trabajo es un mandato de Dios, consecuencia del pecado original. En el paraíso terrenal no era necesario el trabajo, porque todo lo que se podía necesitar para vivir estaba abiertamente disponible en tan sagrado lugar. Pero «la tentación la pintan calva» y un atractivo, bello y oloroso fruto no podía pasar desapercibido. El pecado original, entonces, entró por deseo y apetito de poder incontrolable. Desde entonces, ser humano significa trabajar.

Pecar y trabajar se volvieron sinónimos; el uno llevó al otro. Por eso, en el Génesis, el Dios creador dejó claro, tras la expulsión de la primigenia pareja humana del paraíso terrenal, que ellos vivirían en un mundo lleno de cardos, espinas, abrojos, sudor y sobresaltos. «Te ganarás el pan con el sudor de tu frente», les dijo el Creador (Génesis 3:19-20). Esa pareja tuvo que aprender inmediatamente la idea y la tarea del trabajo. Desde entonces, con el trabajo se ha construido el mundo actual con todas sus conveniencias y vicisitudes. Trabajar se convirtió en un desafío humano para desarrollar el cerebro como su órgano más potente, por encima de los músculos, no siempre apropiados para desempeñar los trabajos que se requiriesen para la supervivencia de los primeros y actuales, habitantes humanos del planeta. No puede existir progreso y bienestar humanos sin trabajo.

Si seguimos la explicación religiosa, el trabajo lo hizo Dios como castigo. Indicó con claridad a la pareja inicial humana que ella parirá sus descendientes con esfuerzo y con dolor, lo que llegó a llamarse el «trabajo del parto». Con énfasis de castigo le dijo: «Con dolor parirás los hijos» (Génesis 3:17-19). Traer descendientes implicó que la continuidad de la especie humana dependía del trabajo para la transformación del medio natural y la consecución de los elementos esenciales para la supervivencia, y aun la de procrear a las nuevas generaciones con el trabajo del parto.

Pero, ya en el mundo de las ciencias, en Física, el trabajo es una forma de transferir energía con fuerza, con la condición de que esta y el desplazamiento deben estar en la misma dirección para que se alcance el propósito deseado. Se requiere conciencia, colaboración y alguna otra forma de fuerza humana mental y de voluntades asociadas a creaciones tecnológicas y a actitudes que eviten esquivar el aprendizaje. No hay trabajo productivo sin aprendizaje. Por el simple hecho de ser individuos sociales, siempre fueron requeridas las habilidades interpersonales como el liderazgo, la solidaridad, el trabajo colaborativo en grupo y la apertura a aprender a aprender, a aprender siempre. Esos son asuntos que hoy se enfatizan en las proyecciones de las «nuevas habilidades» que precisa tener la fuerza laboral para el desempeño ahora, en 2030 o en 2040; pero esas habilidades siempre han estado presentes y han sido requeridas y valoradas para el trabajo humano como requisito de supervivencia desde que se abandonó el paraíso terrenal. O sea, desde siempre, aunque hoy, como ayer, hayan adquirido más visible relevancia.

El cancionero popular bien relata que el trabajo lo hizo Dios como castigo y que, como ser humano, es más conveniente dejar el trabajo al buey. Queriéndose decir que, para la supervivencia humana mencionada, el hombre no sólo se adaptó a la naturaleza, sino que la transformó, creando tanto herramientas como oportunidades de vinculación productiva con seres vivos de la naturaleza para que su trabajo resultase eficiente y productivo. De ahí la idea de que el buey podría desempeñar el trabajo de los humanos.

El cantor Alberto Beltrán, en 1954, con la Sonora Matancera lo expresó en el canto «El Negrito del Batey», con estos versos:

A mí me llaman el negrito del batey,

porque el trabajo para mí es un enemigo.

El trabajar yo se lo dejo todo al buey

porque el trabajo lo hizo Dios como castigo.

La vida, resaltó, es para gozarla, por eso agregó en su canto:

A mí me gusta el merengue apambichao’

con una negra retrechera y buena moza.

A mí me gusta bailar de medio lao’

bailar medio apretao’ con una negra bien preciosa.

Y siguió:

Porque esto de trabajar
a mí me causa dolor,
porque esto de trabajar
a mí me causa dolor.

(El lector puede escuchar la canción aquí: https://www.youtube.com/watch?v=AZHmbdQD0nE).

Seguro que se trata de un canto de añoranza de la libertad, un canto desde la penuria, de la lejanía de los bienes espirituales, materiales y sociales y del deseo de fuga de la explotación laboral, ya que el batey se refería a los ambientes de trabajo y de vivienda en las plantaciones de caña de azúcar.

Y «ganarás la vida con el sudor de tu frente», pero las sociedades humanas evolucionaron para que algunos pocos se ganaran la vida con el sudor de la frente de los otros, de los muchos otros. Y Celia Cruz, en composición de Víctor Daniel, puso el nivel de optimismo para vivir en el canto «La Vida es un Carnaval»:

Todo aquel que piense que la vida es desigual
tiene que saber que no es así.
Que la vida es una hermosura, hay que vivirla,

Ay, no hay que llorar (No hay que llorar)

Que la vida es un carnaval

Y es más bello vivir cantando.

Y las penas se van cantando.

Todo aquel que piense

que la vida es cruel

nunca estará solo.

Hay que vivir cantando,

Dios está con él.

«La Vida es un Carnaval» es el otro canto universal de la alegría y de la libertad; su compositor destacó: «El mensaje clave de la canción es el optimismo, que la gente sea alegre y que sobre todo haya mucho amor porque, en realidad, no nos queremos; que piensen que es verdad, que la vida es un carnaval, que no la echemos a perder con guerras, con drogas, con desamor». Por eso, al final, lanza Celia Cruz sus dardos a aquellos que usan las armas, a los que nos contaminan, a los que hacen la guerra, a los que viven pecando, a los que nos maltratan y que nos contagian.  (El lector puede escuchar la canción aquí: https://www.youtube.com/watch?v=38XxKI67yuc). 

La canción fue compuesta, señala su autor, tras observar en la televisión las noticias sobre el atentado terrorista del 18 de julio de 1994 que ocurrió en Buenos Aires contra la Asociación Mutual Israelita Argentina – AMIA. El canto fue concebido como una obra optimista que sienta las esperanzas en el amor, en la comprensión entre los humanos y en la siempre presencia de Dios, que eternamente está con los que sufren. «Colombia era un país que ella visitaba muchísimo y dijo: ‘Oye, esta canción es perfecta para Colombia’. En el término personal de Celia, ella la grabó pensando en los momentos que vivía Colombia».  (https://shorturl.at/bEWlQ).

No hay manera, el futuro del mundo del trabajo es el futuro de la humanidad; el trabajo es la energía que ponemos los humanos para avanzar todos en una misma dirección, como lo señalan los científicos en la física. Sin trabajo, no hay futuro. No se puede ceder el trabajo sólo al buey, porque, aunque la vida es cruel, el humano nunca estará solo. No existe el trabajo en la soledad; siempre existe la referencia a otros, a todos. «Hay que vivir cantando» mientras que, con trabajo, construimos la sociedad igualitaria, con el apoyo y voluntad divina superior.

Recordemos con la canción que «En la vida no hay nadie solo; siempre hay alguien más… nunca estará solo, Dios estará con él».