18 enero, 2026

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¿Por qué María Corina Machado incomoda al Nobel de Paz?

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Jorge Mario Gómez Restrepo

Por Jorge Mario Gómez Restrepo*

El Premio Nobel de Paz no es un galardón decorativo ni una medalla moral. Desde su origen es una herramienta política en el sentido más profundo del término. Un acto de reconocimiento internacional que fija posición frente al poder, la violencia y la dignidad humana. Por eso incomoda. Por eso se discute. Y por eso, cada vez que se concede, revela tanto sobre quien lo recibe como sobre el orden mundial que lo otorga.

Creado en 1901 por voluntad de Alfred Nobel, el premio nació con una finalidad clara, reconocer a quienes trabajan por la paz, el desarme y la fraternidad entre las naciones. Con el tiempo, esa noción se amplió hacia la defensa de los derechos humanos, la resistencia civil, la justicia transicional y la democracia. Hoy, el Nobel de Paz es una forma de protección simbólica y, al mismo tiempo, un mensaje político global.

Figuras como Martin Luther King Jr. (1964) convirtieron la desobediencia civil no violenta en un lenguaje universal de derechos. Nelson Mandela (1993) simbolizó la posibilidad real de transitar del conflicto armado a la reconciliación sin impunidad colectiva. Aung San Suu Kyi, en su momento, representó la resistencia democrática frente a la dictadura militar en Birmania. Y Malala Yousafzai (2014) recordó que la educación de las niñas sigue siendo una frontera de guerra.

En estos casos, el Nobel operó como defensa internacional frente a regímenes autoritarios, y como catalizador del discurso de los derechos humanos. No premiaba la perfección moral, sino la lucha.

Pero el Nobel de Paz también ha sido objeto de fuertes controversias. No por error, sino porque se mueve en el terreno resbaladizo del poder.

El caso de Henry Kissinger (1973) es paradigmático. Premiado por los Acuerdos de París sobre Vietnam, su nombre quedó asociado a bombardeos masivos, golpes de Estado y violaciones sistemáticas de derechos humanos en América Latina. Aquí el Nobel no protegió a las víctimas, protegió una narrativa geopolítica.

Algo similar ocurrió con Yasser Arafat (1994), galardonado junto a Rabin y Peres. Para algunos, símbolo de paz, para otros, un actor responsable de violencia armada. El premio no cerró heridas, las expuso.

Y más recientemente, Barack Obama (2009) recibió el Nobel al inicio de su mandato. La expectativa contrastó con una realidad posterior marcada por drones, Guantánamo y guerras sin cierre. El Nobel aquí no reconoció hechos consumados, sino una promesa política que nunca se materializó del todo.

En este contexto se entiende por qué para María Corina Machado el reconocimiento internacional genera aplausos y críticas al mismo tiempo.

Se le reconoce por su liderazgo civil, su resistencia política frente al autoritarismo venezolano y su defensa persistente del voto como herramienta de cambio. Para muchos, representa la última frontera democrática en un país capturado institucionalmente. Para otros, su discurso confrontacional y su cercanía con sectores duros del poder estadounidense generan dudas sobre el alcance real de ese reconocimiento.

El Nobel -o su postulación- no absuelve ni condena. Visibiliza. Y al hacerlo, introduce a Machado en una arena internacional donde ya no solo se discute Venezuela, sino el rediseño del orden hemisférico.

No es un dato menor que el Comité Nobel Noruego opere en un país que se presenta como garante de la paz, mientras Occidente normaliza discursos de expansión territorial, sanciones asfixiantes y amenazas militares “preventivas”. La misma arquitectura que premia defensores de derechos humanos convive con líderes que trivializan la soberanía y el derecho internacional.

Trump, que en su momento fue sugerido para el Nobel por acuerdos diplomáticos selectivos, representa la antítesis del espíritu fundacional del premio, pues ha demostrado unilateralismo y desprecio por las reglas multilaterales. Y sin embargo, es parte del mismo tablero. En un acto de pragmatismo radical, María Corina Machado le entregó físicamente su medalla Nobel al presidente norteamericano. Un gesto que para unos es gratitud y para otros, la rendición simbólica de los derechos humanos ante el poder militar.

El Premio Nobel de Paz no es neutral, ni pretende serlo. Es un termómetro moral del mundo, con todas sus contradicciones. A veces acierta y protege, otras veces se equivoca o se instrumentaliza. Pero siempre revela una verdad incómoda, la paz y los derechos humanos no se juegan en abstracto, sino en escenarios donde el poder decide quién merece ser escuchado y quién puede ser sacrificado.

Reconocer a María Corina Machado no es solo hablar de Venezuela. Es hablar de hasta dónde llega hoy el compromiso real de la comunidad internacional con la democracia, y hasta dónde está dispuesta a tolerar que el lenguaje de los derechos humanos conviva con amenazas de invasión, expansión o dominación.

El Nobel no crea héroes. Los expone, y en ese espejo, el mundo -otra vez- queda en evidencia. (Opinión).

*Abogado Universidad Libre, especialista en instituciones jurídico-penales y criminología Universidad Nacional, Máster en Derechos Humanos y Democratización Universidad del Externado y Carlos III de Madrid, Diplomado en Inteligencia Artificial. Especialista en litigación estratégica ante altas cortes nacionales e internacionales. Profesor Universitario.