Por Francisco Becerra
Entró a mi vida como regalo de Navidad la novela Melancolía de la resistencia, del Nobel húngaro 2025. Una especie de Gabo, de ese mediterráneo país europeo.
Hay novelas que envejecen mal y otras que, con los años, adquieren una inquietante capacidad de explicar lo que está ocurriendo. La melancolía de la resistencia, de László Krasznahorkai, pertenece a esta última categoría: No porque haya predicho hechos concretos, sino porque anticipó el clima mental de una época donde el poder actúa y la sociedad apenas alcanza a entender lo que pasó.
En la novela, un pueblo se descompone con la llegada de un circo y una ballena gigantesca. No hay proclamas ideológicas ni grandes discursos. Nadie promete salvar a nadie. El orden simplemente se evapora. Y eso —esa evaporación— es lo que hoy estamos viendo, a escala planetaria.
Estados Unidos entra en Venezuela no como conquistador, sino como cirujano. No invade: Corrige. No toma: Restablece. El lenguaje es pulcro, casi humanitario. Pero el resultado es brutalmente sencillo: Una soberanía queda suspendida, como si fuera un trámite administrativo pendiente.
El desconcierto posterior es lo verdaderamente revelador. No hay fiesta, no hay duelo claro, no hay relato compartido. Solo una sensación difusa de haber cruzado un umbral invisible.
Como en Krasznahorkai: El momento en que todos intuyen que algo terminó, pero nadie sabe qué empezó.
Mientras tanto, Groenlandia reaparece en el radar del poder global. No como país, sino como posibilidad. Como espacio disponible. No hace falta ocuparla para que funcione como símbolo. Basta con nombrarla. Basta con sugerir que, en este nuevo orden incierto, todo territorio puede volver a ser discutible.
La premonición de Krasznahorkai no fue geopolítica; fue antropológica. Supo ver que el mundo entraría en una fase donde el poder ya no necesitaría convencer, y donde la resistencia no tendría épica, sino cansancio.
Una época donde las decisiones se toman lejos y se explican mal, y donde la ciudadanía solo alcanza a percibir los efectos secundarios.
La melancolía de la resistencia no es la derrota, es algo más incómodo: La conciencia de que se resiste sin saber muy bien a qué ni para qué. Que se defiende una idea de orden cuando el orden mismo se ha vuelto abstracto.
Venezuela no es solo Venezuela. Groenlandia no es solo Groenlandia. Son síntomas. Son la ballena atravesando el pueblo. Nadie entiende del todo qué significa, pero todos sienten que su presencia altera el paisaje.
Quizás lo más inquietante no sea la fuerza del que entra, sino el silencio del que observa. Ese silencio espeso, resignado, que ya no se escandaliza, que solo registra. Como si el caos hubiera dejado de ser excepción para convertirse en forma de gobierno.
Krasznahorkai lo escribió sin mapas ni ejércitos. El mundo se encargó del resto.
Ñapa: Qué maravilla seguir comprobando que en la literatura encontramos un espacio para gozar pensamientos escritos que para muchos están proscritos.
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