13 enero, 2026

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

Un fénix a orillas del río Cauca

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Gustavo Álvarez Gardeazábal ha cincelado su estilo a partir de la escucha y por eso es rico en oralidad. Así como el papagayo ha aprendido la simulación del habla humana, el autor se ha apoderado de esa tecnología para modular una advertencia que a todos pueda llegar.

Por Jaiber Ladino Guapacha

Del Barequeo

Periodismo artesanal

Si bien sabemos que, como lo decía el maestro José Lezama Lima, definir es cenizar, lo cierto es que a veces intentamos simplificar algo con un atributo para saber de qué o de quién hablamos. Así pues, al escuchar la diada Cóndores-Gardeazábal, aunque puede sonar bastante reduccionista, lo cierto es que se despierta un apasionante trayecto de la vida nacional desde lo político y lo literario.

Para algunos, Gustavo Álvarez Gardeazábal es el autor de Cóndores no entierran todos los días, en la que se expone la violencia bipartidista de mediados del siglo XX y que tiene una adaptación cinematográfica, protagonizada por Frank Ramírez. Otras tantas personas estarán en capacidad de añadir su devenir político: concejal, alcalde, diputado, gobernador y, por poco, presidente. También es probable que estos últimos lo recuerden como periodista radial en el programa La Luciérnaga, donde cautivó a miles de colombianos que lo tomaron como su líder de opinión. Y, existe otro porcentaje considerable, que puede dar cuenta de su generosidad.

Entre matizar un aspecto u otro, mi pregunta en este momento es por la línea que va entre dos de sus títulos. Quiero especular una sospecha sobre el escritor que cada mañana se despierta en la madrugada, se concentra en sus ideas, rumia sus lecturas y prepara el envío de su podcast “Crónica de Gardeazábal”, a sus más de 2000 seguidores (Para el 22 de diciembre de 2025, había llegado a las 1270 entregas).

En esas casi 500 palabras matutinas da garrote a quien sea del caso, se sorprende con descubrimientos astronómicos, homenajea a sus amigos, debate políticas locales y de Estado. Además, cada semana, comenta un libro de divulgación científica, historia o literatura.

El cóndor

Durante la década de los 50 del siglo pasado, a los asesinos de liberales que operaban con la aquiescencia disimulada de las autoridades civiles se les llamó pájaros. De ahí que, un periodista norteamericano, al dar cuenta de la situación de violencia que vivía el país, decidió llamar cóndor al jefe conservador, León María Lozano. Sobre él es que versa la novela mejor conocida de Gardeazábal: Cóndores no entierran todos los días.

El título contiene el ambiente de zozobra que respira una población próspera en el centro del Valle del Cauca, la noche previa al sepelio de su verdugo. Durante esas horas de vigilia, un narrador omnipresente, que bien puede leerse como un coro trágico, repasa la vida de León María y le recuerda a Tuluá lo que vio, escuchó y conservó entre sus paredes. De esta manera, Tuluá se convierte en un personaje colectivo, superando así el topónimo en el que se desarrollan las acciones.

La primera línea: «Tuluá jamás ha podido darse cuenta de cuándo comenzó todo, y aunque ha tenido durante años la extraña sensación de que su martirio va a terminar por fin mañana en la mañana, cuando el reloj de San Bartolomé dé las diez…», condensa la tensión que se apodera de los sobrevivientes que evocan al que fuere vendedor de quesos en la galería y que terminó por convertirse en un sinónimo del poderío paraestatal.

Los secretos, la frustración, la acusación acallada, la admiración y el rechazo se agolpan en 130 páginas que terminan a la expectativa de lo que sucederá a la mañana siguiente: «Tuluá, entonces, podrá vivir el último minuto de su pánico porque estará seguro de que los bandidos no se quedarán con esa y el entierro de León María se convertirá en el carnaval de muerte que no pudieron celebrar porque el cambio de gobierno los cogió de sorpresa. Por eso, las puertas están cerradas hoy, y mañana estarán casi que selladas mientras Agobardo Potes toque a muerto en San Bartolomé. Cóndores no entierran todos los días».

Cóndor vs. Papagayo

Del vínculo emocional entre esta obra y su autor, se puede hacer uno a la idea cuando observa en el monumento que el autor ya ha preparado para su tumba en el cementerio San Pedro, en Medellín. El epitafio lo constituye dicho título. ¿Hasta qué punto Gardeazábal es un cóndor también?

Así pues, resulta curioso que en las memorias familiares que recientemente ha publicado, El papagayo tocaba violín (2025)sea precisamente con esta ave con la que aluda a sí mismo y no con el soberano de las cumbres andinas.

Este archivo ficcionalizado corresponde a la cuota de novedad dentro de la Biblioteca Gustavo Álvarez Gardeazábal, publicada por Intermedio Editores, cuyas entregas periódicas vienen desde 2023. Esta colección recoge 12 de sus títulos, comenzando con Cóndores y sumando Las guerras de Tuluá, Las mujeres de la muerte, El divino entre otras y cuya entrega más reciente ha sido la de Los sordos ya no hablan, en la que se aborda la tragedia de Armero en 1985.

Cuando muchos esperábamos que el maestro entregara una autobiografía o una autoficción en la que pudiéramos conocer de sus amores, del intríngulis político, de su gesta literaria, nos sorprende con el recorrido por su árbol genealógico durante la centuria que va de los mediados del siglo XIX a los del siglo XX.

Cada uno de los 41 capítulos que la conforman desanda los caminos de un occidente colombiano que, si bien fue el escenario de las batallas y escaramuzas que confrontaron a los estados de Cauca y Antioquia, terminan por fusionarse en la familia Álvarez-Gardeazábal, de cuya saga resultamos testigos.

La metáfora que pretende el autor con el papagayo y el violín comienza a tejerse cuando en el apartado dedicado a la bisabuela Mercedes Estrada, pone en boca suya la premonición: «Sos muy bonito para ser hombre, pero nunca vas a aprender a tocar el violín, primero lo hará el papagayo». Si bien en la siguiente página le da toda la razón a la bisabuela, con lo del violín y las mujeres, algo más le ha intrigado: «Seguramente sabía leer el pensamiento, y no adivinar el futuro como decía la gente de su época».

Ese gesto lo hereda Gardeazábal y lo pule hasta convertirlo en la clave de su literatura: sus narraciones nacen de la memoria, de la meditación de los sucesos, de la atención prestada a las fuentes de información más la imaginación sobre las causas y las consecuencias al tomar una decisión.

He ahí la sugerencia analógica entre el papagayo y el violín con Gardeazábal y la escritura: El autor ha cincelado su estilo a partir de la escucha y por eso es rico en oralidad. Así como el ave ha aprendido la simulación del habla humana, Gardeazábal se ha apoderado de esa tecnología para modular una advertencia que a todos pueda llegar. Pero, como lo advertimos desde el párrafo inicial, esta definición sólo es válida como cuota inicial.

Memoria de Mayavita

Dentro de los mitos muiscas, el que explica el origen de la guacamaya nos dice que, Mayavita, despreciada por su incapacidad de concebir, termina por ser desterrada. Con su sangre pinta las hojas secas y estas se convierten en las aves de ese rojo intenso, que vienen a ser sus hijos esperados.

Con la idea de ver en Mayavita cierto arquetipo de la escritura, recuerdo el Zaratustra de Nietzsche en el que se otorga mayor valor a las páginas escritas con la sangre del compromiso y la experiencia.

De esta manera, frente a esa inquietud expresada por el autor en alguna entrevista: «no quiero estar para cuando el papagayo me picoteé el cóndor», yo lo que veo es que prefiere esconder la metamorfosis de dos y hasta tres aves en él.

Sí, el humor y el color están presentes, indudablemente, en la novelística del tulueño. Y así como estos loros sonrojaban a sus poseedores por indiscretos y malhablados, con una obra como La misa ha terminado (2014) bastantes sudores apuraron no solo los jerarcas eclesiásticos sino también sus amigos más conservadores.

Ese es Gardeazábal, el que hace del carnaval provincial de Ricaurte un festín literario, con papayera, para aturdir los anaqueles solemnes que se rinden ante otros Mauros menos bellos y proveídos.

Esa capacidad de decir verdades, entre la tambora y el bombardino, le ha valido al autor el destierro de ciertos críticos a un frío ostracismo, sin darse cuenta de que de esa cumbre volverá majestuoso, cada tanto, para posar su mirada burlona en las ruinas de las empresas que nacen de la ambición y no de la generosidad.

Cóndor, papagayo, e indudablemente, también ganso.

Gustavo Álvarez Gardeazábal contrató al escultor Jorge Vélez para su monumento funerario. Cementerio San Pedro, de Medellín.

Filopotes

En la novela, como ya se he dicho antes, el archivo se inventa. No dudo de la documentación exhaustiva a la que se habrá dedicado el autor, así como también creo en la intervención de ciertos archivos para intensificar o acentuar algunos sucesos.

Pero, sí en algún momento sentí la lectura del testimonio fue en las líneas en las que habla de una lección que le transmitió su padre:

«Las amistades se hacen para cuidarlas, para quererlas y para defenderlas, me lo repitió muchas veces, y a fe que sobre esas premisas construyó un mundo de nexos y parapetos, trampolines y satisfacciones que yo, con el paso de los años, he ido demostrando que fue la mejor enseñanza de todas las que vivió dándome».

Por eso no puedo evitar hablar también del novelista en relación con el ganso, elegante, vigilante y protector. Y no, no es capricho. En las páginas finales del Papagayo, cuando comparte sus inquietudes respecto al futuro de su quehacer literario, señala que: «este papagayo es mi canto del cisne. Volé muy alto con el Cóndor. Sirviéndome del pico del ganso Filopotes monté denuncias sobre la injusticia…».

Tres alas de un mismo vuelo, un cóndor metamorfoseado, un fénix a orillas del río Cauca. (Crédito: Imagen tomada de caliescribe.com (2015).