11 enero, 2026

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

La ignorancia justifica lo injustificable

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Sandra Milena Alvarado

Por Sandra Milena Alvarado P. 

Hace poco leí una frase que no he podido olvidar:

“Hay una forma de violencia que no necesita armas: sólo necesita ignorancia repetida con rabia.”

Y es que en Colombia se ha convertido en paisaje, casi ritual democrático mal entendido, que durante distintas marchas o protestas los reporteros pregunten a los manifestantes por qué marchan, y reciban a cambio respuestas que revelan un desconocimiento abismal.

—           ¿Contra qué protestas? — pregunta el periodista.

—           Contra la reforma —responde.

—           ¿Qué parte de la reforma? —insiste.

—           Silencio. Un encogimiento de hombros. Una consigna hueca como refugio. Un balbuceo incomprensible como respuesta.

El problema no es que marchen. El problema es que no sepan por qué lo hacen.

Una democracia sana no se mide por cuántos gritan, sino por cuántos entienden. Porque cuando la consigna sustituye al argumento, y la furia desplaza al juicio, ya no hay deliberación, sino obediencia. Y un país que se vuelve adicto a la indignación superficial, a los juicios sin contexto, a la viralización de eslóganes sin contenido, no está formando ciudadanos: está fabricando tribus.

Y en esas tribus, como lo advierte desde hace décadas la psicología social, lo importante no es tener la razón, sino pertenecer. Lo que cohesiona no es el argumento, sino el enemigo común. Aquel que piensa distinto. Aquel que duda. Aquel que exige pruebas. Ese al que hay que acallar, señalar o cancelar. Ya no basta con disentir: hay que destruir. Y esa es una forma de violencia.

Nos enfrentamos hoy a una violencia nueva, más sutil, pero no menos peligrosa. No es la del fusil, pero sí la del juicio temerario. No es la de la tortura física, pero sí la del linchamiento digital. No es la de la cárcel, pero sí la de la exclusión moral. Es la violencia que nace no del pensamiento, sino de su ausencia. Y su combustible es la ignorancia. Una ignorancia vestida de certeza.

Las redes sociales no sólo han amplificado este fenómeno, lo han institucionalizado. En X, TikTok, Instagram, cadenas de WhatsApp, repetir un mensaje basta para que muchos lo den por cierto. La reiteración sustituye la verificación. El algoritmo, como bien diría un jurista contemporáneo, crea la ilusión de mayoría, y la mayoría, la ilusión de verdad. Así, cualquier idea puede ser condenada o defendida sin haber sido leída. Cualquier libro, prohibido sin haber sido abierto. Cualquier persona, odiada por un rumor. O peor aún, cualquier dirigente elegido, sin los méritos para serlo.

Se olvida que la Constitución, a la vez que defiende la libertad de expresión consigna la responsabilidad de brindar información veraz e imparcial. Se tilda de “castrochavista” , “neoliberal” o “Fascista” una reforma cuyo articulado nunca se ha consultado. Se exige “justicia social” sin distinguir entre política pública y retórica electoral. Se clama por “democracia” sin entender que esta no se reduce a votar cada cuatro años, sino que exige deliberar, contrastar, argumentar.

Lo peligroso es que esta ignorancia no se presenta como duda, sino como convicción. Y por eso seduce. Porque otorga identidad sin esfuerzo y pertenencia sin reflexión. La democracia empieza a degradarse no cuando pierde elecciones, sino cuando pierde ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.

Este fenómeno, aunque preexistente, se ha acelerado. La tecnología, que prometía acceso al conocimiento, ha producido otra distorsión: la ilusión de saber sin haber aprendido. La inteligencia artificial, por ejemplo, ofrece hoy respuestas que suenan expertas, redactadas con soltura, adornadas con citas. Pero muchas veces, esa seguridad es una máscara. Un barniz de erudición sin profundidad. Un peligro real, porque hace pasar verosimilitud por verdad. Y lo que parece verdad, se comparte como si lo fuera.

A eso se suma un viejo rasgo humano que el algoritmo magnifica: la necesidad de pertenecer. El ser humano, como enseña la sociología desde Durkheim, es antes que racional, tribal. Por eso adhiere a narrativas que no comprende, se indigna por causas que no ha estudiado, y defiende líderes a los que nunca ha escuchado con atención. Y lo más alarmante: ese fanatismo no se gesta en los márgenes, sino en la normalidad. En la universidad si se repite sin contrastar. En el colegio si no se enseña a argumentar. En el canal de YouTube que editorializa la rabia. En la conversación de pasillo donde el otro no es interlocutor, sino sospechoso.

La ciudadanía, conviene recordarlo, no se hereda: se construye. Se cultiva. Se forja con lectura, con contexto, con contradicción. Un país que no educa, fabrica fanáticos. Y la democracia no sobrevive a punta de fanáticos, sobrevive cuando hay desacuerdo, debate y respeto por la diferencia.

Ahora que se avecinan las elecciones, este llamado no puede ser más urgente. No basta con votar. Hay que conocer. Hay que leer los programas. Hay que estudiar la historia, las trayectorias, los intereses detrás de cada discurso. Hay que exigir, sí, pero también hay que argumentar. Porque el que no distingue las diferencias entre los candidatos, y no respeta los límites éticos para descalificar a sus adversarios, está a un paso de justificar lo injustificable.

Colombia no necesita más gritos. Necesita más razones. Y quizás, en este tiempo de ruido, lo más revolucionario sea detenerse a pensar antes de opinar.