11 enero, 2026

Primicias de la política, empresariales y de la farandula

Los Susurros de Kico Becerra

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Francisco Becerra

Por Francisco Becerra 

Diálogo intergaláctico entre el emperador del copete dorado y el principito de la galaxia perdida

Dicen que fue una llamada histórica.  Otros juran que fue apenas un cruce telefónico entre dos machos alfa convencidos de que el planeta gira alrededor de su ombligo.  Lo cierto es que el emperador del copete dorado —Donald Trump, César de Mar-a-Lago, gladiador de reality y gringo peleador de esquina— levantó el teléfono para hablar con el principito de la galaxia perdida, Gustavo Petro, monarca errante de una izquierda que a veces no encuentra ni el GPS ideológico.

La conversación arrancó como suelen arrancar las peleas en el barrio:  Cordialidad impostada, amenaza flotando y testosterona diplomática.

—Oiga, Petro —dijo Trump, mascando geopolítica como chicle barato—, me dicen que usted habla mucho de mí.

—No crea todo lo que le cuentan, emperador —respondió Petro, con tono de poeta perseguido—.  Yo hablo del imperio, no del copete.

Ahí empezó el intercambio.  Trump, gringo de pelea corta, hablando sin metáforas, directo al mentón:  Negocios, orden, sanciones y esa lógica de sheriff cansado.  Petro, gamín ilustrado, tirando historia, dignidad, galaxias perdidas y referencias que a veces parecen sacadas de un libro que solo él está leyendo.

Uno hablaba de poder.

El otro hablaba de sentido.

Y ambos hablaban, en el fondo, de sí mismos.

Entre frase y frase quedó sellada la gran cita:  Washington, capital del imperio, escenario donde el principito irá a explicarle al emperador cómo funciona el universo desde el sur del mundo.  Petro viajará convencido de que con verbo inflamado se puede torcer la realidad.  Trump lo recibirá como quien recibe a un visitante incómodo:  Sonrisa dura, apretón de manos para la foto y el pie bien puesto sobre el territorio.

Pero como toda reunión criolla que se respete, ya hay cola para colarse.

Desde la sombra aparece Delcy Rodríguez, vicepresidenta profesional de los actos donde no la invitan, afinando el abrigo y buscando la puerta trasera.  Nadie la llamó, pero ella ya se siente parte del decorado.

Y detrás, caminando con sigilo de notario moral, Iván Cepeda, convencido de que ningún episodio internacional está completo sin su presencia, así sea como testigo, así sea como susurro, así sea tomando nota para una futura denuncia.

Washington se prepara entonces para un sainete global:  El emperador del copete dorado marcando la cancha, el principito de la galaxia perdida declamando, Delcy mirando por dónde se cuela e Iván Cepeda pidiendo la palabra que nadie le ha ofrecido.

No será una cumbre.

Será un corrillo de tienda elevado a rango imperial.

No será diplomacia.

Será costumbrismo con pasaporte.

Y la despedida telefónica, fiel al tono de gamín con gringo peleador, quedó registrada para la posteridad.  Trump, ya relajado, lanzó con su propio léxico:

—Nos vemos pronto por acá, en Washington, mi querido gamincito domado.

Hubo un silencio breve.  De esos silencios donde uno duda si colgar o rematar.  Petro no colgó.  Petro remató:

—Si me dejas dormir con la espada de George Washington —yo no puedo dormir sin tocar espada— voy, mi senil copetón desteñido.

Así terminó la llamada:  Sin protocolo, sin embajadores y con suficiente material para que la diplomacia se sonroje y el pueblo disfrute.  Porque cuando el gamín y el gringo se hablan de tú a tú, la historia no avanza:  Se vuelve chisme.  Pero chisme de alto nivel, contado con acento imperial y respuesta de esquina.

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