11 enero, 2026

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Humor y política

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Gerardo Duque

Por Gerardo Emilio Diuque G. 

A un ex alcalde de un municipio antioqueño me correspondió defenderlo penalmente ante los jueces y afortunadamente se le consiguió la prisión domiciliaria.

Un día me llamó de su casa y me dijo que estaba muy angustiado que necesitaba hablar conmigo. Me dirigí a su residencia y le pregunté: ¿Qué le pasa alcalde? Y me contestó: doctor sáqueme de aquí, esto es un infierno, todo el día me echan indirectas, me sacan en cara un tinto, me tratan de ladrón, me tienen durmiendo en la pieza de atrás, solamente me hablan para maltratarme, no soporto más me quiero ir para la cárcel, allá nadie me jode, me visitan cada ocho días, me atienden, como será de dura la casa que la dan por cárcel.

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En la gerencia del instituto Mi Río se montó el proyecto PARCE “Programa de aseo, recuperación de cuencas y Empleo”, como un proyecto histórico desafortunadamente olvidado por celos políticos, y como todo lo bueno, desapareció. En una de tantas jornadas de paz que se desarrollaban con Luis Guillermo Pardo, quien manejaba la oficina de Paz y Convivencia en el municipio de Medellín, llegamos a un barrio desierto, azotado por la violencia, con el fin de lograr a través de dos jefes de bandas que hiciesen un cese al fuego y terminaran la violencia.

Instalamos una mesita y unas sillas en la mitad de la calle y eso era un desierto, pero yo alcanzaba a ver por los postigos y las ranuras de las puertas la gente dentro de su casa mirando hacia afuera. Cada comandante de banda salía de una esquina distinta hasta llegar a encontrarse en la mesa donde nosotros estábamos. Como en una película del oeste fueron saliendo los jefes de banda hasta encontrarse en la mesa de diálogo, se sentían los pasos, un ambiente como un duelo del oeste hasta que estaban frente a frente, se abrazan y le dice uno de ellos al otro: ¿Por qué nos estamos matando? Y el otro le dice: ustedes empezaron, por qué, yo no me acuerdo. Una vez se saludaron la gente fue saliendo de sus casas, la multitud aplaudiendo y cantando el himno nacional.

Todo el día fue de celebración y alegría en el barrio y en las horas de la noche se me arrimó un muchacho de esos y nos dice: doctores siempre hace falta las peleítas, agárrense, aunque sea entre ustedes dos.

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En ese mismo proceso de paz se firmó un acuerdo con unos grupos que delinquían en la Comuna Nororiental y uno de esos jóvenes estaba muy incisivo e insistente conmigo diciéndome que él no quería matar a más nadie. Me jalaba el saco y me decía: ayúdeme doctor, que esas bandas no me absorban. El pelao estuvo todo el tiempo al lado mío. Yo le pasé los datos para un contratico Parce. Me despedí de la gente, me dirigí hacia el carro que estaba a dos cuadras y cuando me estaba montando sentí los disparos y le pregunté al que me acompañaba que era uno de esos comandantes que pasaría. Voy a mirar, me dijo. Fue, se asomó y al regresar me dijo: mataron al muchacho que estaba al lado suyo. Yo muy alarmado pregunté y por qué… Me contestó: porque estaba muy cansón con usted.