Por Darío Ruiz Gómez
Hay quienes nacen en la miseria y quienes desde la opulencia económica llegan a caer en la miseria que es ya el último estrato social donde se carece de todo, se está a la intemperie, comer es una hazaña o un azar y con simples harapos se cubre la triste carne y se constata el abandono de Dios.
Nadie más que Job sabe de estas desgracias que también conocen los desplazados de sus hontanares. Desde esta condición Jean Valjean el protagonista de “Los miserables” de Víctor Hugo llega a lograr mirar la sociedad de la cual hizo parte, descubriendo sus miserias morales, la farsa de los dueños del poder, la perfidia constante de la clase política, de las nuevas aristocracias del delito, y sobre todo, de la manera en que estos poderes conjugados convierten el espíritu de la ley en una mentira al servicio de los poderosos creando una infame desproporción entre el miserable a quien se condena por robarse un pan y al obsceno delincuente a quien se exonera mediante unas “Conversaciones de Paz” a pesar de ser el directo responsable de miles de crímenes, de muestras de sadismo, violación de niñas.
Obispos, arzobispos en buena medida y no en la verdadera Iglesia buscan el beneficio propio y callan ante este estado de injusticia cuando no abiertamente se la juegan por lo que supone esta repentina riqueza. Víctor Hugo con portentosa lucidez muestra cómo la Justicia se entrega a los intereses de esos poderosos envileciendo a jueces y magistrados, a la burocracia del Estado. En Colombia no hablamos, tengámoslo en cuenta de una vez, de un supuesto “Conflicto armado” sino del surgimiento de una oligarquía como la rusa brotada y enriquecida estrambóticamente por el narcotráfico internacional. ¿No vemos ya en ciertas ciudades el despliegue de mal gusto que suele caracterizar a estos nuevos ricos mafiosos, personajes groseros que muestran en la Rusia de Putin a estos nuevos actores de una farsa social?
El Berlín que describe Joseph Roth en la antesala de la guerra es el de la miseria, el de la prostitución desmesurada, el de las nuevas técnicas de opresión del ser humano y esto es lo que estamos viendo y padeciendo en Colombia pero como advertía el sabio Zygman Baumam: “Actualmente el mal no elige a Hitler o Stalin como su personificación, sino que asume formas anónimas de insensibilidad que pasan inadvertidas”. Y en hacerlas inadvertidas juega un papel preponderante el periodismo pervertido que muestra al gran delincuente no como un malhechor que debe ser condenado de inmediato por sus crímenes sino como el anecdótico protagonista de una noticia que se olvida de inmediato.
El historial de Calarcá con sus feroces Comandos de la Frontera y una suma astronómica de asesinatos demuestra las características de las organizaciones criminales de nueva generación conectadas con organizaciones europeas y sobre todo mexicanas, así como la creación de una red increíble de colaboradores disimulados en universidades, Fuerzas Militares, religiosas, medios de comunicación… ¿Por qué la justicia no condenó a tiempo y enérgicamente la violencia desatada contra la población, fusilando soldados impunemente?
Ya aquí tenemos el fuerte indicio de que la mesa de Conversaciones la utiliza para lograr legalmente ser reconocido y no castigado, mostrándonos también que como al ELN y a Mordisco nadie puede detenerlos sencillamente porque como en la Francia de “Los Miserables” la justicia es una farsa.
Conjugando las diferentes formas de lucha, Iván Cepeda acaba de ser recibido por la Sheilbaum en México y con todos los honores. Politizar la Fiscalía es eliminar la separación de poderes.


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