Por Carlos Gustavo Álvarez (Foto).
Todo conspiraba contra ella, convertido en una inclemente adversidad.
Francia era una caldera. Una balanza riesgosa que pendulaba entre dos incertidumbres. Una, la barbarie de la Revolución Francesa, que estalló cuando ella tenía 12 años, y que junto a sus tres virtudes famosas contempló en su afán criminal masacres como La Vendée (que muchos consideran el primer genocidio de la historia moderna). Otra, la irradiación de Napoleón Bonaparte como el nuevo astro de Francia, Emperador, controvertido y admirado, victorioso reciente en la Batalla de Austerlitz.
También estaba la cultura vitivinícola de la Champaña, que consideraba a los vinos como “una vocación complicada”. En ese mundo hermético era una advenediza.
Ya no estaba François. Ya no era Barbe-Nicole Ponsardin, la hija única del barón Ponce-Jean Nicolas Ponsardin, acaudalado fabricante textil y banquero de Reims. Tampoco la esposa de François Clicqout, con quien se había casado el 12 de junio de 1798, con 21 años de edad, en una cava iluminada de teas celestinas, bendecidos por un sacerdote renegado de los principios revolucionarios y quien le regaló un libro de Dom Perignon, monje benedictino a quien se atribuye la invención del método para la fabricación del champán.
François estaba muerto. Ella había recorrido con él las extensiones de la Champaña, elegido con él sus campos de siembra, con él intentado advenir nuevas cepas de lujo, inventado junto a él mixturas vinícolas de sorpresa, a su lado había amado y sufrido. Siete años después del matrimonio convertido en una gran aventura bajo destellos de vides, François se marchaba por algo diagnosticado como una “fiebre maligna”.
Ahora era Veuve Clicquot.
La viuda de Clicquot.
Y la familia de su esposo, su suegro Phillipe, deciden que no es apta para manejar los viñedos. Éstos se ponen a la venta, rápidamente codiciados por los asistentes al funeral.
Pero su más grave pecado, su delito más flagrante para esa admonición de desprecio, para condenarla a las labores domésticas, al cuidado único de su hija Clementine –era 1805, y los prescritos destinos de las mujeres de sociedad eran la casa y el convento–, era ser una mujer.
Una mujer.
El Código Civil napoleónico de 1804 había sentenciado el principio de inferioridad de la mujer. De la agonizada Revolución Francesa mantuvo la mayoría de edad a los 21 años para ambos sexos y algo que sería muy importante para ella: el respeto a los derechos sucesorios de las mujeres. Hijas mayores de edad y viudas no estaban totalmente excluidas de la vida jurídica.
Así que, plantada en su voluntad, enraizada en su coraje, nimbada de la memoria de su esposo, la viuda de Clicquot se hizo cargo de la casa de la champaña creada en 1772, se opuso a la venta de los viñedos y se erigió en responsable de su propia vida, indefectiblemente ligada a las campiñas.
La singladura de esta mujer, ícono de las gestas empresariales y símbolo de la lucha femenina por el ejercicio de sus derechos y la función de sus capacidades, ha revivido gracias a un libro convertido en película. “The widow Clicquot” –en inglés, nombre e insignia de una de las champañas más famosas del mundo–, es un texto de la historiadora Tilar J. Mazzeo, que cuenta la saga de ese imperio que construyó Barbe-Nicole. “La Viuda de Clicquot” es la película que se estrena esta semana en el mundo y que Cine Colombia presenta en nuestro país desde el jueves 15 de agosto.
La historia empresarial de esta mujer es extensa y sorprendente, explícita en el verdadero sentido del negocio y fascinante en la invención de sabores y procesos. El paso del Gran Cometa en 1811 le sirvió para crear una marca vigente y añorada: El vino del Cometa. “La gran dama del champán” fue recursiva en la exportación de sus productos, burlando los cercos y embargos napoleónicos que aherrojaban toda Europa y llevando su bebida encantada a la misma corte del zar Alejandro I de Rusia.
La viuda de Cliqcuot maniobró la alquimia de la vid, domó las estaciones que eran el gran verdugo de los viñedos y fue cauta y astuta en las alianzas de beneficio, una de ellas con Louis Bohne, considerado el mejor distribuidor de la época.
Murió el 29 de julio de 1866. A ella pertenecen tres innovaciones que revolucionaron la elaboración del champán y apalancaron su producción moderna: el primer champagne de añada conocido, la invención de la mesa de estrujado y el primer champagne rosado mezclado del que se tenga noticia.
En ese momento comercializaba 750.000 botellas, que enviaba a distintos países. El patrimonio vitícola de la Casa Veuve Clicquot es hoy de 515 hectáreas. Desde 1972, el Premio Veuve Clicquot distingue y recompensa a mujeres gerentas o directoras de empresa en 18 países. El año 2022, al descorchar la celebración de los 250 años y cuando Veuve Clicquot presentó su primera exposición itinerante internacional, la casa destacó que en esa espumosa y rosada trayectoria de dos y medio siglos había tenido solo 11 maestros bodegueros.
Pero esa no es la película. “La viuda de Clicquot” se adentra en la historia de amor de Barbe-Nicole y François, en la complejidad sicológica del marido, en el carácter granítico de ella, en el destello histórico de Napoléon, sus guerras y sus obsesiones, sus aportes seglares y vigentes, en el ambiente carcelario de la época para las vidas femeninas.
La representación de esa historia en términos tan bellos y conmovedores se debe a un trío de causas, la primera de las cuales es la enhiesta lid de esta mujer.
El libro, por supuesto, aunque uno de Elvire de Brissac ya había allanado el camino. Mazzeo es una autora reconocida por el éxito de “Los niños de Irena” (una mujer que salva 2500 infantes del gueto de Varsovia, lo que en películas se ha visto en “La lista de Schindler” y “Lazos de vida”), “Hermanas de la resistencia” y la vida perfumada y cataclísmica de Coco Chanel.
Y está la actuación de la bellísima Haley Bennett y de un grupo de notables actores dirigidos por Thomas Napper, escenificando un guion de Eric Dignam y Christopher Monger.
La película no es monedita de oro. Entre los críticos que la han pasado por su criba severa, uno asegura que “carece de vigor dramático” y otro que es “algo aburrida y sin encanto” y que “nunca encuentra el equilibrio”. Pero en lo que todos estamos de acuerdo, y yo me meto en esa colada, es en la luminosidad de Haley Bennet. “Brilla en una oda al champán, al romance maldito y al poder femenino”, escribe este, y aquel asegura: “oportuna a muchos niveles: derechos de la mujer, positividad sexual, trabajo justo y equitativo… Y Bennett está, como siempre, maravillosa”.
Hay un punto imantado del tratamiento de la película: lo que le pasa a François. Aquello de la “fiebre maligna” es un eufemismo, de acuerdo con lo que se puede ver en esa trama, para designar enfermedades mentales cuya visión y conocimiento eran precarios al comenzar esa vigencia decimonónica. Y es nuevamente Barbe – Nicole, encarnada por Bennett, quien entrevé la incomprensión de las razones verídicas que llevan a su marido al final desastrado.
Por lo demás, dos frases de Barbe – Nicole: “Tal vez los hombres no están hechos para El Paraíso” y “Me alegra ser mujer”. Ella es toda ella al final de la película, luego que un citatorio la emplaza frente a una corte pomposa, en la que la emboscan sus competidores y la acechan los gavilanes envidiosos de sus laureles empresariales. Ante los jueces, encarando a los verdugos, ella interpela su aventura amorosa y carnal en la viudez con Louis Bohne, el distribuidor virtuoso, y termina reiterando que más allá de las tentaciones, por encima del desaliento y la pena, en contra de todos y de todo, ella será por siempre y para siempre la Viuda de Clicquot.


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