Oficios: Avivatos


Por Oscar Domínguez G. (foto)

Este otro espécimen del zoológico colombiano, el avivato, es el eslabón pedido entre el lagarto y el sapo. El eslabón encontrado entre el arribista y el sacamicas. Tiene de todos. Todos ponen en la hechura de esta rara ave del parque jurásico criollo. Con ninguno -y con todos- se identifica.

Nada en todas las aguas. Vive como corcho en remolino. Nunca se sabe si va o viene. En las campañas políticas se encienden las alarmas cuando irrumpe. El entorno del candidato no logra descifrarlo.

Si hay que cambiar de candidato, lo hace con tal exquisita sutileza que ni él mismo se da cuenta. Los tránsfugas de hoy bebieron en su extensa biografía. ¿O será al contrario?

Nunca pierde. Tampoco arrebata. No le interesa hacer ruido. Sus golpes son incoloros, inodoros, indoloros. Actúa desde el silencio. Como con anestesia. Eso garantiza el éxito del golpe. También así  minimiza algún posible revés.

No está hecho para perder. No importa que las batallas ganadas sean pequeñas. Son la cuota inicial de las grandes.

El avivato es el rey de las colombianadas: se cuela en la fila, irrespeta la cebra, si tiene una oportunidad entre un millón de pasarse el semáforo en rojo, lo hace. Es manirroto con lo ajeno.  Espera que el teléfono público le devuelva la moneda utilizada. Aprovecha cualquier papayazo. No da papaya.

Tiene moral elástica, de acróbata circense. (Lea la columna).

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