Estilo indirecto


Por Carlos Alberto Ospina M. (foto)

La pasión es el oxígeno del espíritu humano, el sello característico de los objetivos individuales, la membrana que resguarda de la certera muerte y la bofetada repentina que ayuda a sacudirse el letargo.  Las emociones van en contravía a la dialéctica pura. De frente se chocan la ira y la dulzura, la alegría opaca la desatinada cólera y el sudor marchita el valor en sí mismo. Aquí echa raíces el decente entusiasmo.

Algunos energúmenos tratan de ocultar la incapacidad argumental y la afección sicológica a través de la mentira, la injuria y la violencia. En ciertos casos, el desahogo obedece a un proceso biológico que sobrepasa cualquier estándar ético y fluye en estado de excitación. El encolerizado no sabe de límites ni reconoce el significado del otro. El absolutismo justifica el uso de medios sórdidos y encubre la impureza moral que replica ese fanatismo.

El apetito desbordado por alcanzar el poder y la sumisión generalizada, exalta el ánimo de quien pretende imponer un discurso excluyente, de eliminación del oponente. La alteración se esparce y rota como virus sin cepa conocida ni antídoto. El putrefacto moco de la enfermedad se adhiere a la retórica vacía, la incitación al desahogo y la erupción de granos con pus de odio. (Lea la columna).

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