Dos guerreras


Por Carlos Alberto Ospina M. (foto)

Agarrada con una toalla entorno a la cintura y sujetada por el alma de una madre que, abatida, clama a Dios que apacigüe el trastorno mental de su hija. No hay posibilidad ni intención de maltrato físico. Las reventadas y adoloridas manos sacan vigor de aquel lugar insondable llamado corazón. Cada espacio del cuerpo está forrado de piel color púrpura con varios trazos renegridos a causa de las agresiones inconscientes del ser que más ama sobre la faz de la tierra. El cuello le pesa y los brazos sienten perder impulso de tanto aprisionar contra su pecho las constantes dolencias de la joven.

A los 4 meses de edad, la bebé, adquirió una bacteria que se situó en el cerebro. El primer año lo cumplió recluida en el Hospital Pablo Tobón Uribe de Medellín. Ese día 2 de marzo de 2000, su abuelo, Ramón, le puso el sustantivo de “Guerrera”, recibiendo el símbolo de superación, valentía y deseos de vivir por encima de los posteriores años de maléficos sufrimientos. (Lea la columna). 

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