El adiós a un líder batallador


El alma de Antioquia estaba a media asta. A la Basílica Metropolitana no le cabía un respiro más. Don Guillermo Gaviria tuvo la despedida que se merecía. Dirigentes, empresarios, políticos y amigos acompañaron a don Guillermo y a su familia hasta el último minuto. Fue un acto litúrgico sobrio, aunque muy sentido y caluroso presidido por monseñor Ricardo Tobón Restrepo. Asistieron, entre otros, el ministro del Interior Juan Fernando Cristo en representación del presidente Juan Manuel Santos, el ex presidente y senador Álvaro Uribe y su esposa doña Lina, el gobernador Fajardo y numerosos funcionarios de la Gobernación y de la Alcaldía. Mucha gente, mucha, que aún lo quiere y lo admira. A un lado, un cuadro con la imagen de Guillermo, el gobernador asesinado, y al otro, las cenizas de don Guillermo, su padre. Silenciosa compañía en la eternidad.

Adelaida, la quinta de sus hijos, pronunció unas palabras que le llegaron al corazón de todos los presentes. Pero doña Adela, la querida madre de la familia, puso el punto más alto cuando hizo varias referencias a su esposo, especialmente sobre su vocación de educador. Con voz pausada aunque entrecortada, dijo: – “Guillermo enseñó toda la vida, aprendió y enseñó y murió dándonos ejemplo de resignación, valor ante la muerte, la enfermedad y el envejecimiento”, concluyó doña Adela, aplaudida afectuosamente.

Luego habló su hijo Aníbal, el alcalde, muy adolorido, quien conmovió a todo mundo con las siguientes palabras: – Nunca me pude preparar para pronunciar un discurso en un momento como este. Solo se me ocurre decir: Imploro porque en Colombia las vidas no terminen como la de mi hermano Guillermo, por decisiones violentas a manos de las Farc, sino que “más vidas terminen como la de mi padre, por el desgaste natural del organismo y la decisión del Creador”. Las palabras de Aníbal dejaron a todo mundo sin palabras. Al final del acto, en el ambiente quedó la imagen imborrable de un hombre considerado siempre como un roble y quien solo fue doblegado por el irreductible paso del tiempo. Don Guillermo, adiós…

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