El Jodario: El zapatero


Por Gustavo Alvarez Gardeazábal (foto)

Yo creía que los zapateros remendones no existían ya. La vertiginosa evolución de la economía llevó a volver desechables los zapatos de cuero, que subsisten por encima del tsunami de los plásticos que antes llamábamos tennis y más atrás, en la época de Croydon, los denominábamos “zapatos de caucho”.

La semana pasada, empero, me llegó la queja a esta columna de un lector del barrio El Poblado, en Medellín, que asiste a misa los domingos en la iglesia de La Visitación, donde me enviaba copia de la carta que los laicos administradores de los bienes parroquiales le mandaron a González, el zapatero que por 37 años ha mantenido su negocio en uno de los locales de la parroquia para que desocupara el local. Le pedí a uno de mis acuciosos colaboradores de este oficio de columnista que fuese hasta  la zapatería de González, verificara su existencia, hablara con él y con su hija y con el cura párroco, el padre Alvarez. Gracias a las maravillas del internet y el video de gmail  (no he podido aprender a manejar el whasap y no lo uso) pude oír todo el relato de las partes y mirar documento tras documento.

La parroquia quiere sacar al zapatero. El canon de arrendamiento es una pichurria, 220 mil pesos mensuales y el zapatero no se dio cuenta que los zapatos se acabaron y se colgó en meses de arriendo. Como la caridad cristiana ya no existe y el zapatero tiene 72 años, y  nunca cotizó jubilación, su hija, que le ayuda mientras no está pelando cebolla en el mercado de la Mayorista, me dice que si lo sacan, el viejo se muere. Es la crueldad del neoliberalismo que penetró a la sociedad comenzando por la Iglesia. Solo hay rentabilidad. Lo demás, que se acabe.

Fuerza bruta

Lo sucedido en Tumaco y Coconuco con las actuaciones de la Policía Nacional es muy preocupante. El hecho de que tanto en una como en otra parte hayan resultado civiles muertos, puede ser un síntoma alarmante de que los métodos que emplean los policías para hacer cumplir la ley o están exagerados o han sido dirigidos equivocadamente. En los hechos de Tumaco los videos resultaron contundentes para darles la razón a los cocaleros sobre quien empezó primero a disparar. En los del balneario de aguas termales de Coconuco, los diagnósticos de la clínica donde falleció la periodista, que hacía parte  de la vieja y continuada protesta por las tierras que tienen los indígenas del Cauca sobre ese predio, indican que por lo menos hubo exageración.

Ambos hechos en un solo fin de semana, con tan doloroso resultado, podría indicarle al presidente Santos y al Ministro de Defensa que algo grave debe estar ocurriendo dentro de la Policía. Pero pedirle al General Nieto, el Director de la institución que averigüe, es tiempo perdido. Nunca fue capaz de asumir  la responsabilidad de los policías que hicieron posar desnudos y con las manos atrás para rueda de presos en la Estación de Puente Aranda. Nunca fue capaz de dar una explicación siquiera somera y creíble sobre qué o quiénes causaron los estallidos simultáneos en los astilleros de Cartagena. No se le ha oído ninguna palabra sobre los causantes del incendio de 11 buses en un parqueadero la semana anterior en la misma ciudad amurallada.

Pero que el General Nieto no aparezca en esos casos no le quita responsabilidad alguna en los últimos sucesos ni esconde la magnitud de lo que pasa en la Policía.

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