Antiseducción


Por Carlos Alberto Ospina M. (foto)

De pies a cabeza, de botones adentro y afuera, existen infinidad de formas de seducción de las mujeres a los hombres. Extensos manuales integran la estantería de varias damas, sin distinción de edad, con accesos a redes u otras plataformas tecnológicas, y propósitos disímiles en cuanto a las técnicas de persuasión. El hecho es que la teoría abunda y es generosa en cuanto al lenguaje corporal. Habla de argucias, capacidad de engaño, esfuerzo, conocimiento y hasta el aspecto moral interviene, calificando la seducción de “halagos para algo, frecuentemente malo”. (Diccionario de Lengua Española).

Prosopopeyas adornan el nombre de personajes ficticios, reinas de dinastías egipcias, músicos, actores, escritores y galanes de vereda. Iconos y romances van de la mano de la seducción. En el plano individual y concreto, la experiencia supera los arquetipos de playboys y nos conduce al campo de los comportamientos que castran la atracción. Es una mirada práctica y simple desde la perspectiva de unos cuantos hombres. No se trata de un estudio epistemológico ni una profunda investigación académica. Es la anécdota cotidiana de las relaciones, germinada en el vientre mismo del prejuicio, a través un vistazo masculino sin pretensiones dudosas, pero sí, con una dosis de frustración debido a la ausencia de espontaneidad. (Lea la columna).

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